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Por:Francisco Zamudio (Enviado).................................................................................... ......Fotos: Francisco Zamudio
La noche del pasado 22 de octubre, La Barranca dejó constancia, una vez más, de que las consideraciones de crítica y público, quienes los han ensalzado como una de las mejores bandas de rock en México, están completamente fundamentadas, al ofrecer un delicado y fino show electroacústico en las instalaciones de la Cafebería El Péndulo, en la Zona Rosa del Distrito Federal.
En punto de las 22:45, el escenario colocado en uno de los pasillos de dicho centro de cultura y entretenimiento, recibió en su espacio a José Manuel Aguilera, quien pese a tener el tendón de un dedo de la mano derecha en recuperación tras una caída, se hizo cargo de la guitarra líder. También llegaron Adolfo Romero, en la guitarra de acompañamiento, e Iván “Navi” Solís Naas, en la batería.
La alineación fue complementada por Federico Fong, quien sí enchufó su bajo eléctrico, además de hacerse cargo de un teclado íntimamente ligado a una computadora.
El rito semi-desenchufado dio inicio con “Paraíso elemental”, pieza extraída de su tercer álbum, Rueda De Los Tiempos. Fue entonces que unas almas en frascos de vidrio se fugaron de su prisión para rondar por todo el sitio, mismo que fue acondicionado tanto para el concierto, como para transformarse en una especie de restaurant-bar.
Y aunque la escenografía pudiese nos ser muy apta para el desarrollo de un concierto de rock, cabe aquí la máxima de que los propios grupos se buscan sus propios canales de promoción para poder continuar en la carretera.
“Indestructible” y “El desafío 1”, track aparecido en la reedición de Tempestad, llegaron rápido a la epidermis de los casi 250 afortunados espectadores quienes consiguieron un boleto de entrada a tan admirable traslación de un poder eléctrico, hacia las aterciopeladas caricias sónicas de una apuesta sónica en acústico.
Precisamente del segundo álbum del grupo surgió la pieza que le regaló al público su primer momento climático en la noche: “La tempestad”, ejercicio poético hecho canción, a cuyo término no se supo quién llamaba. Víctimas del embrujo, los sentidos sólo pensaban en seguir la luz sónica hacia un lugar desconocido.
“Viento rojo”, invocado de su más reciente lanzamiento discográfico, Piedad Ciudad, se acomodó en el rompecabezas junto con “Tal vez ni Dios” y su viento que sopla mientras hay alguien por ahí al acecho; para cederle el protagonismo a “Nueva vida”, un corte que bien podría convertirse en el himno oficial del fin del mundo en el 2012, si todos los malos augurios aciertan en sus predicciones.

No fue un show de muchas palabras, las necesarias para que José Manuel agradeciera la asistencia de sus incondicionales: “Gracias a ustedes por ser un público tan maravilloso”, palabras amalgamadas en el ambiente junto con algunos estrambóticos piropos tipo “¡No te mueras nunca, José Manuel!” o “¡José Manuel, mi mujer y yo queremos un hijo tuyo!”, provenientes de los fans.
Otra triada compuesta por favoritas del grupo: “El gran pez”, “San Miguel” y “Marte”, un tema rescatado del proyecto solista de Aguilera, Mitocondrias, abrieron las puertas de la fascinación y el embeleso, para darle paso a otra carga eléctrica de adrenalina incrustada en los cuerpos que no se podían mover de sus asientos.
“Corcel”, otra de las favoritas de cualquier fan de La Barranca, sonó refulgentemente para llevar a todas las psiques esa imagen un caballo, cuyo férreo galope hacia la luz no puede ser detenido por nada ni nadie.
“Gracia plena”, “Ala de cuervo” y “Una tarde en la vida”, invitación a disfrutar nuestra megalópolis, con todo y los coágulos automovilísticos formándose peligrosamente en las arterias de la ciudad diariamente, y que provocarán pronto un mega colapso; se perdieron también entre los miles de libros reunidos en el lugar, sin imaginar siquiera que a continuación se escucharía una auténtica rareza.
“¿Está cantando en inglés?” se preguntaban algunos por no alcanzar a escuchar claramente las palabras de José Manuel Aguilera. En efecto, la canción entonada por el líder de La Barranca era nada menos que “The rip”, uno de los cortes más celebrados de Portishead, el cual ha sido covereado incluso por Radiohead.
Para muchos fue realmente una sorpresa tanto la pieza como la interpretación, al nunca haber escuchado algo parecido. Empero, el estupor inicial pronto fue sustituido por algo más cercano y conocido: “Estallido interno”.
La velocidad del mundo no puede medirse, al menos sin los instrumentos necesarios. Pero los astros sí pueden agolparse arriba de las cabezas al escuchar dicho track, proveniente del Rueda De Los Tiempos. Tras abrir las ventanas de la percepción, el íntimo show continuó con “La rosa” y “Tiempo es olvido”, también del proyecto Mitocondrias.

Provocar emociones a través de la abstracción del arte. Esa parece ser la misión de La Barranca en el rock mexicano. Y si con “Tiempo es olvido” los ojos de los asistentes se encontraron al borde del llanto, con la siguiente rola no pudieron contener sus conmociones al interior del tórax.
“Zafiro”, canción que cobrara un significado especial durante la actuación de la banda en la pasada edición del Festival Vive Latino, al tocarla a la memoria de Rita Guerrero, y que a su vez está escrita en honor a otra cantante, María Antonia Peregrino, o “Toña La Negra”; derramó su belleza entre tenedores, platos y vasos llenos de cerveza, para incrustarse directamente en el corazón.
Un cierre demoledor con “Ruinas”, vaticinaba el final del episodio electroacústico montado por La Barranca, con miras a un 2012 donde aparecerán el primer álbum del proyecto Mitocondrias, así como un nuevo plato digital del grupo.
Pero el monstruo de las mil cabezas quería más…
Así entonces, la agrupación de culto que se niega a aceptarlo retornó con una “Flecha” que se dirigió a esa zona paradisiaca del Caribe mexicano llamada “Akumal”, de donde salió una de sus canciones más significativas.
Ahí, donde el mar el azul y las almas morenas, se detuvieron un instante para sacar la “Lengua del alma”, y mostrársela a sus fans en todo su esplendor. Tema eléctrico y pesado donde los haya, el último track del concierto electroacústico sufrió una metamorfosis sónica feroz, hasta ser desnudado casi completamente.
Si las palabras son “la lengua del alma”, La Barranca lamió con la suya todos los rincones de ese compacto grupo formado por casi 250 fanáticos, y un recinto acondicionado para recibir a una de las mejores bandas de rock en México de las últimas dos décadas.
Y cumplió con creces su objetivo de brindarle placer auditivo y sensorial a cada una de sus piezas.
30 minutos después de la media noche, el silencio volvió a apoderarse de la Cafebrería El Péndulo en la capitalina Zona Rosa, cada vez más y más rosa, by the way.
Los demás antros del área, cuya oferta musical se reduce a lo más sonado en la radio o a enfebrecidos ritmos bailables, pasaban de largo ante esos individuos que habían celebrado una exquisita fiesta electroacústica en la intimidad, los cuales no necesitaban cambiar sus diamantes sónicos por cuentas de ruidoso vidrio.
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